La consulta del doctor Quincoces
Tres de la madrugada. Una vez han puesto el inescusable vaso de
leche junto a mi viejo bloc de notas, puedo empezar a relataros la ignominiosa
historia de mi anterior vecino, el que una vez pareció, más allá de perenne
ocupante de la parcela que tengo enfrente ahora mismo, el verdadero amo de la
ciudad. Se trata del doctor Quincoces, reconocido psiquiatra, hombre burgués
que heredó la casa de su padre, también médico. Quincoces me saludó siempre al
verme sentado en la cafetería junto a su clínica, escribiendo como lo hago
ahora. Su saludo dejaba patente una especie de condescendencia de aquel
profesional liberal que, mayor que uno, sonríe de forma cómplice al desdichado
escritor, al relator de un mundo que un tipo así abandonó algun día en su
juventud para convertirse en un hombre respetado. Era sin duda también un gesto
paternalista, el saludo de aquel viejo. Y curiosamente, la falta de ese saludo
cómplice estos últimos meses me impulsa a contar el final de su carrera
profesional, que supuso también el final de su vida.
Quincoces supo separar durante muchos años su oficio de su vida
familiar, tal vez fue esa la virtud que le llevó a ser tan reconocido. Salía de
casa a las ocho de la mañana, volvía a las cuatro de la tarde martes y viernes
y a las cinco el resto de días. Después de un día tratando con degenerados e
histéricas era capaz de educar a su hija, hoy de mi edad, unos veintitantos, la
única compañía del viejo doctor tras la muerte de su esposa años atrás. Una
hija que tal vez habría corrido el riesgo de encontrarse sola y perderse por
los callejones nocturnos para los que parecía tan propensa. Podría ésta ser una
historia menor, una cualquiera de las miles rutinas de la ciudad. Pero
Quincoces comenzó a padecer problemas de espalda, y después de varios exámenes
decidió reducir su actividad clínica pero, lejos de olvidar su profesión,
procuró que los pacientes que suponían un reto imposible parar sus sustitutos
fueran llevados a su casa para un tratamiento continuado. En la maldita casa
que habría ante mí.
Esa fue, al comienzo, una etapa provechosa de su vida, pues a la
vez que disponía de más tiempo para estudiar a sus pacientes se propuso enseñar
a su hija los conceptos básicos de la psiquiatría, quién sabe si para perpetuar
su apellido tras un ‘Dra.’ o para no aislar a la joven en su propia casa. Lo
cierto es que cuando don Arturo llegó a curarse, el negocio, más familiar que
nunca, funcionaba como la seda. Don Arturo no era, ciertamente, un ‘don’, a sus
cincuena-y-tres años perdidos, echados a las llamas como aquél que dice. Sus
padres, ya ancianos, buscaban ingresarlo en una clínica pero, como buena
familia, decidieron contar con la opinión y certificación del mejor doctor de
la ciudad, no tanto por curiosidad científca como por buena conciencia. Don
Arturo perseguía jovencitas en las plazas de su barrio, en las puertas de los
institutos, en las oscuras esquinas del barrio de los artistas, y su rojiza
piel, su carcomida dentadura, la mirada perdida y ese pelo grasiento hacían
imaginable que sus víctimas bien podían ser todo lo contrario de esa figura
repulsiva que, años atrás, había sido rechazado en la iglesia tras una semana
de oficio como monaguillo.
El monaguillo, así lo llamó siempre Víctor Cardedeu a partir de esa
anécdota, fue lo segundo que más le impresionó al ingresar en la casa del señor
Quincoces a este empresario lácteo. Cardedeu había heredado la granja de su
familia a muy temprana edad, tras un incendio del que solo él se salvó, y pudo
reformarla gracias a la inversión de una familia rica que lo acogió. Fueron
estos segundos padres quienes soltaron (el término no es un capricho) al pobre
Víctor en la casera consulta del doctor Quincoces. La afición a la literatura
de este último paciente hizo que le sorprendiera, ante todo, la imponente
biblioteca del doctor, situada en la planta baja, entre su estudio convertido
en consulta y el comedor. Víctor Cardedeu estuvo largas tardes en aquella sala,
sobre todo cuando el doctor estaba ocupado con don Arturo, que berreaba como un
puerco durante sus sesiones. Víctor, en cambio, era un tipo más calmado, y de
hecho eso resultó clave en la decisión del doctor de admitir a ambos a la vez.
Incluso cuando la hija del doctor entraba en la consulta para recibir un tratamiento
del que nunca conoció detalles Cardedeu, el escritor y empresario lácteo
apaciguaba al primitivo monaguillo con algunos cuentos.
Cuando el doctor decidió doblar sus sesiones con el cerdo de don
Arturo, ello supuso mucho más trabajo para su hija, pues Víctor pasó a estar
casi por entero bajo tutela de ella. Qué vigilancia tan bendita, qué excelente
manera de aprender el oficio debería ser para la hija la de pasar largas horas
de conversación privada y tranquila sobre literatura con un hombre de su edad.
Fueron horas precisas, preciosas, las que daban sentido a la reclusión y al
aprendizaje, respectivamente. Horas contadas solo a medias al doctor Quincoces,
entre informes de resultados satisfactorios y de poco detalle. Víctor Cardedeu
nunca había sentido antes esa manera de arder por dentro, nunca la hija había
visto que la erudición fuera posible más allá de la gigantesca figura de su
padre.
Pero la suerte de esa atípica familia iba a cambiar en una noche de
verano. Víctor Cardedeu se encontraba en la biblioteca, incapaz de dormir por
el calor y leyendo por tercera vez seguida El lobo estepario de Hesse.
La noche anterior se había encontrado en los pasillos a la hija del doctor,
habían decidido ir al estudio a hablar sobre el teatro mágico, habían hecho el
amor y, justo después, ella le había servido un vaso de leche fresca que le
ayudaba a recordar su infancia perdida, enterneciéndole, sirviendo así para
conciliar el sueño. Esa segunda noche Víctor Cardedeu se encontraba despierto y
a la espera de la hija del doctor en el lugar de la cita convenida. Esa noche
iba a enseñarle cómo tenía pensado convertir esa vetusta casa burguesa en un
verdadero teatro mágico. Pero un fuerte grito tergiversó sus planes. Venía del
pasillo principal, y allí acudió. Don Arturo tenía entre sus brazos una figura
reconocible, mucho más pequeña, joven y endeble que él, con el pelo suelto y
con la cabeza, parecía, golpeando la pared a modo de llamada de auxilio. El
demente, al que Víctor Cardedeu reconoció por su silueta monstruosa, hundía su
cabeza bruscamente en la apertura del camisón veraniego de la joven, desatado
casi de forma total, bajo el cual brillaba un cuerpo azulado por la luz de la
luna, roto por el negro de la cabellera cadente y gustosamente recorrido por
don Arturo.
No tardó en aparecer el doctor Quincoces quien, con osada fuerza y
rapidez, golpeó al paciente para obligarle a soltar a su hija. Ella cayó al
suelo mientras don Arturo, ya totalmente fuera de sí, se atrincheró en la
consulta con un cuchillo. Víctor Cardedeu nunca esperó esa reacción violenta
contra el doctor, y tampoco el abuso del pasillo por parte de un tipo que
parecía inofensivo e infantil. Su nueva familia se iba al traste sin que
pudiera enseñarle a la hija del doctor sus fantasías literarias, sus planes de
futuro. O tal vez el absurdo monaguillo había desatado el decorado perfecto
para la puesta en escena del arte de Víctor Cardedeu. De este modo, cuando el
cadáver del doctor todavía yacía en el suelo de la consulta ensangrentado y su
hija buscaba un arma para defenderse y poder llegar hasta el teléfono, Víctor
Cardedeu prendió una cerilla de esa caja que Quincoces le confirió para el uso
exclusivo nocturno de las velas de la biblioteca, ese lugar que tanto le
distraía, que tan lejos le llevaba respecto a su pasado de ceniza. Pero esa
noche la hija del doctor no salió a tiempo de controlar al enfermo. Y el resto
es historia.
Hoy, la hija del doctor, que gustosa presenció mi gran obra aquella
noche, la misma que describiré algún día con todo detalle, me cuida como a un
enfermo, y yo le sano a ella. Y me cuida bien, y yo le sano bien. Y me trae
siempre después un vaso de leche fresca.
Álex Gutiérrez Martínez
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