La guerra y las letras

 


Entre las numerosas falacias elevadas a verdad sacrosanta acerca de la Guerra Civil hay una que suma injusticia a la injusticia. Se ha aceptado comúnmente, y a mí esa aceptación acrítica me llegó a edad formativa muy temprana, que el bando nacional no tuvo, más allá de su cúpula militar sublevada, un aparato de pensamiento, ya fuera político o hasta artístico, que lo acompañase. De este modo aparecen los malogrados años 40 en el plano cultural como un páramo equivalente a la autarquía y escasez en lo económico. Y a la oscuridad en lo social. Un análisis que no necesariamente ha de ser exhaustivo nos demuestra no sólo lo contrario, sino que incluso en el contexto de pre-guerra y durante el conflicto podemos encontrar ejemplos que comenzarían a llenar el páramo. A derruir el mito.

La historia, aun así, es mucha más compleja. Es obvio que la luz vertida con merecimiento hacia el llamado siglo de plata de la cultura española ciega, ensombrece, lo que tiene alrededor. Poco nos parece la literatura que a rastras de la europea viene a morir en los furibundos tiempos de 1898, pero también marca este año el período que, acabado en 1936, recoge una etapa gloriosa de cultura española. El 98, el 14, el 27 y el 36, por apuntar tan sólo algunos años que marcan las generaciones que vertebran esta época de argenta (la de oro, claro está, quedó allá por el XVII). La hecatombe del fin del imperio en decadencia y la hecatombe del drama fratricida, suficiente para crear el paréntesis que justifica una etapa, una clasificación historiográfica.

El abismo posterior a los años 1936-1939 es, en muchos casos, insalvable a nivel académico. Muerte o exilio es el destino para escritores, pintores, músicos, etc. Pero en ese punto debemos preguntarnos cuál es el camino de aquéllos que ganan la guerra. Cuál es su origen también. Cuál es la continuación, si existe, que dan al período anterior. Para ello hay que borrar el mito de la cultura republicana (es decir, del bando republicano) como única preponderante, como única representativa de los años previos a la guerra. Es en esos años previos cuando se gesta también la formación intelectual de numerosos artistas relacionados, en un grado mayor o menor, con el bando nacional. Es decir, son artistas de la época argenta que trágicamente se corta en 1936. Beben de Unamuno, de Valle-Inclán o de Ortega, por citar solo algunos nombres cruciales de la etapa 98-36. Y aunque aparezcan hoy como la otra cara de la moneda, la no vindicada actualmente, no podemos dejar de contar su historia.

Por citar algunos nombres: Giménez Caballero, Agustín de Foxá, Sánchez Mazas, Ridruejo, Ledesma, Montes, Tovar, García Serrano, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Vivanco, Rosales, Panero, Gerardo Diego, García Nieto, López Aranguren o de la Serna. La lista, por larga que parezca, apenas esboza unos cuántos artistas (escritores en su mayoría) que pueden considerarse partícipes del panorama cultural que rodeará al bando nacional de la guerra. En el caso de los supervivientes de la misma (la mayoría), incluso debemos considerarlos los ganadores de una batalla que algunos han visto también cultural. Verlo así es un notable error. Es un error porque estos escritores parten de las mismas influencias que los Alberti, Lorca, Zambrano o Hernández. Incluso en sus biografías puede seguirse el rastro de amistades, de afinidades culturales previas a la guerra entre artistas que luego serán enemigos.

¿Es posible hacer una historia intelectual de la España del s. XX dejando al margen los bandos de la Guerra Civil? Confesémoslo, es harto difícil. Incluso sería una tarea absurda, pues separar el contexto histórico de estos artistas, en muchos casos politizados y activistas (como lo fueron los años 30 europeos), nos haría perder gran parte de su esencia como intelectuales. Acercarse a la persona y a la obra de estas plumas parece, en cambio, un ejercicio de justicia para reconstruir su papel en los años previos, centrales y posteriores al conflicto. Y una mirada concreta puede incluso llevarnos a sorpresa. Si antes señalaba que los ‘vencidos’ y la etapa argenta finalizaba con la dualidad del exilio y la muerte, deberíamos preguntar cuál sería el destino para aquellos que salen como ‘vencedores’.

Hay casos y casos, y todos son analizables. Pero una idea permanece demasiadas veces presente en las biografías de varios intelectuales falangistas de primera hora: el joven revolucionario nacional-sindicalista se suma a la contienda, ejerce un papel político y de propaganda, gana la guerra…pero pierde su fe. Algunos viajan a Rusia para seguir la lucha contra el comunismo, imbuidos en su ideología y con el deseo de reforzar su obra en España… y los otrora ganadores sufren la derrota del frío del Vóljov. Desmoralizados observan la instauración en España de un régimen conservador, alejado de la revolución sindicalista de Primo de Rivera y su Falange. El Partido, incluso, ha sido instrumentalizado. Las viejas élites decadentes vuelven a sus tronos; los caciques retoman su poder; la Iglesia ordena la vida de los españoles. El bando nacional derrota violentamente a una facción de idealistas en 1939, pero en los años venideros el nacionalcatolicismo del nuevo estado franquista derrota políticamente a la facción idealista que un día nutrió su bando en la guerra.

No se agota aquí esta historia, ni es suficiente esta visión generalista y frentista para un relato mucho más complejo. Es precisamente lo necesario ahora, con la distancia de los años: el ejercicio de contar la historia intelectual de la España del siglo pasado en su complejidad. Sublimando los frentes para entender los textos, tanto en su origen diverso como en su diverso destino. Solo así podremos liberar de mitos la cultura de una época, solo así daremos un lugar justo (ni más arriba ni más abajo), a aquellos que fueron derrotados-exiliados, o ganadores-derrotados, o simplemente muertos. Porque si hay algo que perece en la guerra es la cultura.

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