La obsesión infinita de la historiografía
de catalogar las épocas ha sido siempre objeto de debate. Pocos plantean ya que
las tradicionales particiones de la Historia puedan en algún momento ser
modificadas. Es más, nadie cree que con ese cambio se arregle nada más allá de
enturbiar aun más un debate bizantino de historiadores. De todos modos, nunca
es suficiente recordar una verdad sobre el tema: las etiquetas las ponen unas
épocas sobre otras. También unos hombres sobre otros. Estos buscan aumentar la
relación con unos tiempos y poner en un paréntesis inútil a aquéllos otros que
no les parecen tan provechosos.
Es así como el Renacimiento, una
corriente cultural y artística que deberíamos acotar, en su génesis, a la
Italia de los siglos XIV y XV, estableció una fuerte relación con el pasado grecolatino
mientras se reivindicaba como una ruptura con el mundo medieval previo. Este
argumento no se hubiera convertido en objeto de debate historiográfico si, ya
en el siglo XVIII, los ilustrados franceses no hubieran dado el siguiente
salto. El que supone situarse a sí mismos como continuadores de esa ‘luz’
racional del Renacimiento y superadores por tanto del oscuro Barroco anterior a
ellos. Quedaba dibujada una organización de la Historia donde, casualidades de
la vida, aquéllos que la coronaban y le daban sentido eran aquéllos que la
escribían.
No son pocos los historiadores y
estudiosos de literatura o arte que utilizan estas ‘etiquetas pendulares’ para
hacernos ver una Historia dividida al gusto de aquél que genera el discurso. Así,
habrá aquéllos que intenten recorrerla como si de un paso de cebra se tratara. Énfasis
antiguo, levedad medieval, énfasis renacentista, levedad barroca, énfasis ilustrado…y
así podríamos llegar al positivismo decimonónico. Esta simpleza intelectual
denota dos cosas: 1) una asunción acrítica de la catalogación como tal y de las
líneas habituales de estudio; 2) un interés discursivo que arroja un valor
moral a unas etapas. Esto es, un método que aborda la forma y el contenido.
Seamos sinceros, todo siglo es generador
de luces y de sombras. Deberíamos saberlo aquellos que aun andamos a lomos del gigantesco,
en lo uno y en lo otro, siglo XX. Y en cierta manera nuestro mundo ha huido de
esas generalizaciones. Yo mismo tuve en la carrera profesores que huían de los
tópicos más aceptados sobre, por ejemplo, la Edad Media. Ese período ‘cajón de
sastre’ donde no cabe relato. Principalmente, por su complejidad histórica. Por
la cantidad de pueblos, personajes, cuestiones religiosas y artísticas… Esa es
la consecuencia de agrupar tantos siglos en una sola etiqueta. Defender con
ello que solo el Renacimiento posterior a la Peste Negra encuentra un nuevo
sentido a la Historia supuso condenar varios siglos al ostracismo.
No deberíamos abrazar, de todos
modos, el relativismo tan propio de la posmodernidad. Analizar ‘a contrapelo’
la Historia dada por el canon habitual hijo de la Ilustración no supone romper
todas las categorías. Mucho menos reorganizarlas para construir de manera revisionista
un nuevo relato histórico. Ningún favor nos haríamos. Las etiquetas ahí están y
deben ser estudiadas, como un artista debe estudiar el concepto académico del
dibujo si después quiere innovar. Tan sólo estudiando a fondo lo establecido
puede uno llegar a innovar, a introducir nuevas ideas, también en Humanidades
como en el arte.
Tan solo una mirada más crítica y
abierta de la Historia puede traer luz a tiempos que considerábamos injustamente
oscuros. Pues es innegable que otorgar valor moral a determinadas épocas históricas,
más allá del relato que sustenta, es un generador de indiferencia irresoluble. Llamar
a la curiosidad y con ello a alumbrar lo no tan conocido, ya sea por la ausencia
de fuentes o por la no idoneidad para el discurso establecido, es hoy un deber
para aquellos que se acercan a la Historia de forma inteligente, crítica y
sincera. No alumbremos la Historia a nuestro antojo, dejemos que sea ella la
que aporte luz a nosotros.
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